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Hasta hace pocos años los festivales deportivos en las escuelas japonesas se hacían descalzos en varias de las competencias.

La mayoría de las escuelas tiene un terreno grande de tierra. Lo que para nosotros en México sería la cancha de fútbol, para ellos es un terreno del tamaño de una pista de atletismo.

Tiene varios objetivos. Diría yo que con una medida estándar para saber cuánto son 100metros, cuánto son doscientos, trescientos y demás.

Recuerdo que en la primaria me preguntaban mis hijos en cuántos segundos corría yo 100 metros.

Al principio les decía que ni me imaginaba cuánto serían 100 metros, ni había nunca tomado el tiempo para saber cuánto tardaba.

En las escuelas japonesas es eso muy común. Dentro de su vida diaria les enseñan a calcular distancias y tiempos.

Gracias a eso pude conseguir repuesta positiva en una situación difícil que se me presentó.

Cuando mi hijo entró a primero de primaria, después de unos días me dijo que no quería ir a la escuela.

Todo le gustaba menos la hora de la comida. Me decía que tenían que comer sentados mirando al frente y no podían platicar con nadie. Si no terminaban cuando el reloj llegaba a cierto límite de tiempo no tenían permiso de salir a jugar. Esto hacia que se le atora la comida y no podía terminar de comer y entonces no podía salir a jugar entonces ya no quería ir a la escuela.

Mi esposo estaba (afortunadamente ahora que lo pienso) fuera del país.

Yo le llamé por teléfono a la maestra para comentarle y pedirle algún tipo de opción.

Ella se pudo muy estricta y me dijo que no había manera de hacer nada. Así eran las cosas en Japón y él debía atenerse a las reglas que ella tenía.

Mi hijo me escuchaba y se daba cuenta de la falta de cooperación por parte de la maestra. Entonces me dijo : “Mamá. A mí déjame ser nada más mexicano y así no tengo que ir a la escuela japonesa.”

Yo escuché y le comenté a la maestra: “Me dice que quiere que mejor le quite la nacionalidad para que no tenga que atenerse a sus reglas.”

La sorpresa de la maestra fue muy grande

“¡Eso no puede ser!!! Venga inmediatamente a la escuela y podremos llegar a un acuerdo.”

Los niños tienen que asistir a la escuela que les quede dentro de una distancia a la que puedan ir caminando. Entonces subí a mi bicicleta y en menos de dies minutos estaba hablando con la maestra en la escuela.

Le expliqué mis razones para pedirle flexibilidad. Ella finalmente me dijo:

“Dejaré que coma solo una mínima porción de cada alimento y lo dejaré salir a jugar. Esto lo hago solamente porque en las pruebas de agilidad y rendimiento físico fue el número uno en todo. Además tiene un alto grado de concentración y es el único que me pone atención en la clase Debo asumir entonces que en su casa come bien y está bien nutrido.”

Así se solucionó el problema. Hiro se fue a la escuela otra vez y la maestra cumplió con su promesa. A partir de ese momento no volvimos a tener ningún reto de ese tipo.

La maestra aplicó la misma alternativa con todos los demás niños que no comían a tiempo y resultó que todos empezaron a ir con más gusto a la escuela. Al terminar el año todos comían la porción normal.

En ocasiones hace falta hablar y explicar las cosas para obtener Buenos resultados.

Pasado esto, los niños eran muy cooperativos los unos con otros. Fueron de los últimos grados de la escuela que hicieron pirámides humanas de más de seis pisos.

Para esto por supuesto todos corren y se suben descalzos unos sobre otros.

La mayoría de las competencias deportivas tradicionales en Japón eran de mucha agilidad y de cooperación entre los miembros del equipo para lanzarse, empujarse o jalarse dependiendo del tipo de competencia.

Ahora sabemos que para eliminar la energía estática que absorbemos con el uso de tantos aparatos eléctricos lo más conveniente y rápido es caminar descalzos sobre la tierra.

Yo más bien creo que acá siempre lo han sabido y por eso así fueron diseñadas las escuelas.

Es una pena que ahora la gente sea cada vez más delicada y ya no se siga con esa tradición de caminar descalzos.

En México contamos con grupos indígenas con alta capacidad física. Lo que nos hace reflexionar un poco y entender porque se pone de moda una vez el conectar con la naturaleza.

Recuerdo la fortaleza que tenía mi papá en sus piernas y me doy centa que fue el resultado de caminar descalzo por los montes durante su infancia.

Yo vivo principalmente en el campo ahora pero cuando viajo por el trabajo generalmente es en ciudades grandes. Una ocasión que viajaba, una de las personas que acompañaban a los estudiantes se acercó a mi con un poco de pena. Me dijo que desde que había llegado a Japón no había podido desechar todo y sentía su estómago muy inflamado. Ya sentía incluso dolor y había intentado todo lo que hacía siempre. Era una persona vegetariana y practicante de yoga

Me dijo que ni la medicina le servía. Justo estábamos en Hakone, muy cerca del monte Fuji junto al lago. Sin pensarlo le dije: “Quitese los zapatos para primero eliminar la energía estática que debe estar guardando su cuerpo y vamos a sentarnos aquí en el pasto. Le enseñaré unos ejercicios que yo conozco.”

Todos me miraron sorprendidos. Ella se quitó inmediatamente los zapatos, y no pasaron más de cinco minutos cuando empezó a reír. “¡Cómo no se me ocurrió antes!!!” decía mientras se reía.Su problema se solucionó muy rápidamente.

Así de pronta es la naturaleza para respondernos.

Por eso entiendo también ahora que mi papá nos llevará de vez en cuando al mar en Guerrero o Oaxaca aunque fuera dos o tres horas.

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